sábado, mayo 01, 2010

Bowling


De la libretita que llevé a Gesell 2009/2010





miércoles, abril 21, 2010

Señor



El Señor de las Alturas...




domingo, abril 18, 2010

Grumieldo


Como dijera alguna vez Michael Scott:
For old time's sake ♥





Tremendo error tipográfico; "Sellarr" lleva una sola R.
Maldita sea, tengo que despedir a Walberto que imprime estas cosas, el alzheimer le está socavando los cimientos de su inteligencia.

viernes, abril 16, 2010

Ninjas


Este cuadernito lo había llevado a Gesell en enero.
Hay algunos más...




lunes, abril 12, 2010

La Máquina de Hacer Pájaros


El otro día estaba esuchando una canción de La Máquina de Hacer Pájaros y bue, hice un dibujín rápido xD




domingo, abril 04, 2010

Torrecita en colores =D







lunes, marzo 22, 2010

Refugio



En este mismo momento lo estoy pintando =O






lunes, marzo 15, 2010

Casita del desierto coloreada



Y acá está pintada y todo =D







jueves, marzo 11, 2010

Gurubú

Está medio tirado este blog :(
A ver si me pongo las pilas; acá les traigo...

Un gurubú coloreado ♥






viernes, marzo 05, 2010

Casita


La estoy pintando en photoshop a tableta. Falta el fondo para terminar nomás...





sábado, febrero 20, 2010

En la bahía


Cosa que pinté en photoshop
Es como una bahía en un día tormentoso (?





viernes, febrero 05, 2010

Señor Elegante



Pintando con photoshop...





domingo, enero 24, 2010

Serginho


¡Pip!



miércoles, enero 20, 2010

Arbolito


Escaneado se ve más choto =/




martes, enero 12, 2010

Caras



Unas caritas...






miércoles, enero 06, 2010

¡Atacaron Homero Poncho!


¡Atacaron Homero Poncho!




El pobre salió a mear y lo atacó un pero cruza entre dálmata y labrador; es decir, un gigante de categoría asesínica u_u



Peculiar escaramuza que toma como protagonistas al honorable Homero Poncho, de buena gracia, y al temible Dark I, primero de su dinastía.



La noche era serena, el satélite de peculiar tamaño surcaba lentamente los cielos del planeta Tierra, relucía lleno y bañaba los cuidados jardines de la gente de bien con una luz suave pero brillante. El ambiente era cuanto menos apacible.

Un castillo, de un blanco inmaculado, se alzaba sobre unos jardines de arbustos y flores exóticas. El césped formaba cuatro jardines cuadrangulares y por su centro dos caminos se dibujaban tan simétricamente que hacían a uno pensar en lo peculiar que resultaba el paisaje aquel, tan perfecto. El soberano de toda esta inmensidad no era otro que el benerable Homero Poncho. De él numerosas historias habíanse contado; de boca en boca, los juglares habían cantado en tiempos pasados con enorme placer las increíbles historias del soberano, abuelos durante generaciones habían relatado extraños mitos que rodeaban a “aquel que vive en el palacio de nieve”, y la muchedumbre en general recordaba con jolgorio las coloridas fábulas que de Homero Poncho se desprendían.

Pero eso no interesa ahora o, al menos, no interesa sobremanera. Lo que hoy contaré sucedió una noche como cualquier otra…

Deseoso de un paseo nocturno, el precioso Poncho atravesó la enorme puerta de madera de su enorme castillo de ladrillos duros como la roca. Su pelaje de un blanco más blanco que la nieve misma ondeaba al compás de unos pasos que parecían haber sido ensayados durante extenuantes sesiones de modelaje, pero lejos de ser cierto, esos pasos eran naturales de la belleza innata de Homero. Su noble descendencia hacíase notar en el trote corto y dulce con el que recorría sus dominios, tan extensos que sus límites eran el mismísimo horizonte, allí lejos, donde nadie había estado.

Una vez hubo llegado a la preciosa hilera de arbustos reales que Ofendio el jardinero cuidaba celosamente, decidió recorrerlos mientras se sumergía en pensamientos profundos; pensamientos nobles, pensamientos puros. Nunca había recorrido aquel sector del jardín con tanto gozo como en aquel momento, pero la luna brillaba tan extasiada y la suave brisa veraniega era tan sugerente, que ordenó al súbdito que venía consigo esperase al resguardo de una galería y entregose a la dichosa tarea de simplemente recorrer los arbustos, cuidados arbustos. El momento era casi de ensueños; la luna, la brisa, el anochecer, los colores, todo se configuraba para deleitar los sentidos.

A su vez, la paz que gobernaba el reino de este justo y noble soberano era tal, y los súbditos estaban tan enteramente agradecidos de ello, que las medidas de seguridad que rigieran en otros palacios, castillos o cosa parecida, se aplicaba a estos palacios o castillos, no aquí. Aquí cada mercader, sirviente, guardia y hasta el más pobre de los súbditos era tratado con justa benevolencia y se procuraba que la población toda prosperase siempre. Por esto es que las medidas de seguridad, muros de piedra, armas de fuego, espías, y cualquier animosidad eran cosa del pasado, una mera formalidad en aquellos días de paz ininterrumpida.

Sin embargo fuera del reino de Homero Poncho, extraños sucesos ocurrían con una constancia cada vez más inquietante. Varias veces se habían avistado centinelas rondando los límites del reino, sin atreverse a entrar, pero siempre presentes. De su actitud sólo podía especularse, pues no se tenía constancia de un reino enemigo en las cercanías ni mucho menos, el benévolo reino de Homero Poncho era bien considerado en miles de leguas a la redonda. Aun así el infortunio se hizo presente aquella noche, rompiendo con la belleza y la pasividad que gobernaba el lugar.

En la frontera del Oeste vivía uno de los amigos íntimos de la familia Real. Nadie hubiera osado tan siquiera colocar un solo centinela, pues no era necesario colocar un límite tan estrecho con su amigo mas íntimo, simplemente no tenía objeto hacerlo. Pero de tal manera corrió el dado que esa misma noche en la que el honorable Homero paseaba por los jardines a la luz del brillante satélite, un peculiar personaje, expectante, silencioso, refugiado dentro de una cueva esperaba. Allí mismo en las tierras del amigo del soberano, a sabiendas de que nadie pensaría nunca jamás una traición por ninguna de las dos partes, teniendo aquello como ventaja, el ser esperaba.

De este personaje poco se conoce, incluso en estos días. Según se sabe decir, se trataba de Darko I, primero de una larga dinastía. De un pelaje negro, tan negro como el miedo mismo, Darko I era conocido por el vulgo por su gran tamaño y fiereza incomparable, aunque dentro de sí fuera tan benévolo como Poncho. La gente experimentaba temor, genuino temor cuando Darko I se acercaba, aunque tan sólo fuera para dar un afectuoso saludo. Existe incluso una leyenda acerca de un duro enfrentamiento entre éste y un peculiar Colorado, también de enormes proporciones, pero poco se sabe de ello y, como todos sabemos, las leyendas siempre se alejan considerablemente de la realidad y es peligroso confiar en ellas.

En fin, esa noche de tragedia Darko I atacó a Homero. El soberano se encontraba concentrado en admirar sus extensos y bellísimos dominios, concentrado en cada hoja de arbusto, que relucía con la luz de la luna como si fuera el comienzo mismo de la primavera. Tan concentrado y deleitado se encontraba, que no pudo ver a Darko I, ni tan siquiera imaginar algo similar, una tragedia tan inesperada.

Darko I, cuando descubrió su oportunidad tras el pasar de unas doncellas de orgulloso porte, se lanzó al ataque con una velocidad inigualable. Apenas era visible entre las sombras. Su oscuro pelaje lo volvía invisible, un fantasma aterradoramente veloz, un fantasma de la tragedia. Salvaba pequeños obstáculos con saltos agilísimos, y esquivó con presteza única al súbdito que salió a su encuentro, a la salvaguardia del benévolo Homero, que no salía de su asombro y petrificado observaba la increíble escena que se desarrollaba. Ahora que se encontraba sin nada que pudiera intermediar con los augustos ojos del soberano, y sabiéndose muy superior en tamaño, se arrojó con un salto tan fugaz que ni tan siquiera la luna, la bella luna pudo anticipar, y atrapó a Poncho. Dio una feroz dentellada en el lomo del más pequeño y cuando estaba pronto a dar la segunda dentellada, el toque de gracia, el fiel súbdito arrojose sobre Darko I y con un valor que pocos hombres en la humanidad han sabido demostrar -pues en tamaño era incomparablemente menor-logró abatir por el momento al agresor, dando escaso pero suficiente tiempo a Homero Poncho para que se refugiara dentro de su palacio blanco, apenas corriendo, cojeando del lado izquierdo a causa de una de las profundas heridas. A su vez, otros dos súbditos, que habían oído de la escaramuza mientras descansaban en sus recámaras, habían acudido prontos al lugar y reducido a Darko I con ayuda de ciudadanos de reinos circundantes.

De Darko I poco más se sabe. Luego de aquella entredicha se perdió su paradero, y hay quienes afirman que recorre el Monte de los Penitentes, arrepentido de lo que alguna vez fue el peor acto cometido. Aun así nunca se ha podido determinar el objeto de aquel ataque, traicionero como se antoja en este momento. Algunos suelen decir que fue a causa de un presunto irritante comportamiento de Homero Poncho al seducir a doncellas que Darko I conocía bien y de hecho convivía con algunas de ellas, otros alegan que simplemente había sido poseído por el mismo Lucifer, quien no soportaba que algo tan puro como el precioso Poncho existiese sobre la tierra y se proponía exterminarlo.

Pero todo esto son sólo habladurías que han sido transmitidas de boca en boca y no podemos fiarnos de ninguna de ellas. Además, por lo poco que se sabe, el augusto Homero Poncho acabó con sólo dos heridas sobre su lomo que, siendo en un principio profundas, pronto curaron con ayuda de una Vetevinista de la que nada se sabe. Se dice que vertió unos líquidos de extraños colores y aromas sobre las dos heridas de Poncho y pronto el soberano recuperó su movilidad y vivió por largos, largos años en los que trajo prosperidad y jolgorio como supo hacerlo desde siempre. Así pues, ciertas o no las leyendas y mitos que circulan, lo cierto es que el grande Homero Poncho sobrevivió y continuó con un linaje que, según se dice, aun hoy tiene descendientes.

martes, enero 05, 2010

Bizcochuelo de mierda


¿Cómo pudo un tipo con esta cara de INFELIZ DE MIERDA ser político? o_O
Y encima presidente
juUJAujaJUJUajuAUJajuAUJAjuaJUA

¿En serio, todavía se preguntan el POR QUÉ de que nos vaya tan mal? xD


¡Miren esa cara por favorrrrrrr!

Es una de esas personas que si las ves por la calle te generan una animosidad tan grande dentro que dan ganas de golpearlas hasta el hastío, siendo lo más objetivo posible.




viernes, enero 01, 2010

2010



Primer dibujo del año


Siempre hago un dibujito rápido apenas comienza el año.
Uso lo que haya a mano y bue, salen cosas como estas...





jueves, diciembre 31, 2009

¡Aloha!



Un pequeño Hotel que me gustó de estos 5 días en gesell ♥

Dah, no sé, BASTA.


Nikon D3000 con un poco de photoshop






sábado, diciembre 19, 2009

El Mirador


Empezó siendo una boludeada y me conmovió ='(



El Mirador


Esperaba, esperaba. Era paciente por naturaleza y aun así la serena quietud de las alturas lo atemorizaba. Sin embargo él esperaba, con esa hidalguía que sólo unos poquísimos personajes se atreven a portar, personajes de los que ya nadie sabe.

Allí abajo, en contraposición, miles de metros hacia abajo, había una ebullición de seres. Corrían, caminaban, se subían a un vehículo de cuatro ruedas, otros a unos peculiares biciclos y otros, los que menos, metían alguna que otra mano dentro de un pantalón o pollera insidiosa. Todo era movimiento, ajetreo diurno como se sabe decir en ciertas ocasiones.

En cambio aquí arriba la situación se antojaba cuanto menos contrastante, pues serena era. Y tan gratificante a la vez, que hacía a uno olvidar que pasaría el resto de su vida tras duros barrotes creados por extraños bípedos desnudos y débiles en comparación a nuestro personaje, cuyo cuerpo había sido forjado hacía cientos de años en durísimo acero, el metal por predilección de los animalillos aquellos que tan abajo correteaban, infelices. Pero no todo era acero, pues contaba también con dos preciosos ojos de finísimo cristal de Java, cristal que podría poner en vergüenza a una presunta copa de copetín de la mismísima gaveta personal de la Reina de la Cornomorsa; ojos con los que veía más que nadie en el mundo, más allá de los océanos, ríos y montañas; más allá de las inmensas cuevas que lo circundaban y, con la más desinteresada soberbia, más allá del bien y del mal.

Sin embargo, tan ponderoso personaje, exquisito de una manera singular y tan hermoso como se nos parece, pasaría el resto de su vida tras las rejas, cautivo, observando y controlando a cientos de miles de aquellos seres que habían forjado su cuerpo y cincelado sus penetrantes ojos. Controlándolos, mirándolos, esparciendo su mirada aquí y allá, supervisando, detectando malhechores, malvivientes y personajes de lo más extravagante; rigiendo las vidas de sus propios captores. ¡Tan por encima de ellos se encontraba y tan cautivo permanecía!

¿Cómo era posible aquello si este precioso personaje refulgía de esplendor a pesar de los cientos de años a la intemperie, si su cuerpo era la suma de miles de años de conocimiento…

Habían caído aguas en inimaginables cantidades, arreciado los fríos vientos del equinoccio vernal, asolado el despiadado sol del verano; su cuerpo era maltratado sin piedad y aun así se erguía orgulloso al sol del nuevo día. ¿Cómo era posible entonces que permaneciera solitario dentro de una insignificante prisión? Allí arriba había sido confinado el pobre, en aquella torre maldita, hueca por dentro. Sin alma.

Mas si tan atroz crimen se les antoja desmedido e inhumano, dejadme por favor, fervorosos lectores, que les propicie un detalle que olvidé. El pobre estaba atornillado al suelo. Fríos tornillos, gruesos como las saludables raíces de abedules y nogales que hacía tiempo habían sido desterrados del suelo verde, que tampoco era verde ya, sino gris, triste gris… Gruesos tornillos entonces que lo inmovilizaban al suelo, frío y desalmado también, como la torre, la hueca y anémica torre. Esa era la razón del martirio deste pobre ser. Por culpa de esos tornillos, esos malditos y desagradables tornillos, que atravesaban su valerosa coraza como si no fuera nada, como si no importara que su cuerpo fuera de lo más precioso, desvalorizándolo, violándolo, atándolo a un destino inexpugnable; cautivo el resto de sus días.

Cautivo hasta que cumpliese su ciclo y sus ojos no vieran lo que ven ahora. Aquel momento en cuando las montañas que ahora veía con tanto detalle y gloria fuesen simples formas borrosas en el horizonte. En cuando los ríos fueran apenas finísimas líneas que tal vez confundiese con una hebra del pasado. En cuando los océanos apenas fueran una masa azul informe circundando su prisión. En cuando las cuevas de los alrededores ya sin detalle percibiese. Y en cuando, finalmente, no pudiera distinguir entre el bien y el mal, cuando finalmente su desazón fuera completa y la locura tocase a la puerta.

En ese momento, y sólo en ese momento, un simple y vulgar operador, tan pequeño que resultaría insultante, subiría para reemplazar a tan nobilísimo e hidalgo ser por uno más nuevo, que viera como él ya no lo hiciera. Lo arrancaría sin piedad del suelo, desgarrando su macizo cuerpo, cuarteando su cubierta de dulce pintura, destronándolo hasta el pie de la torre hueca y sin alma, donde cientos de años atrás hubiera subido orgulloso, pensando en cómo gobernaría a aquellos seres de tan singular naturaleza. Seres a los que odiaría con el odio más consumado y honesto que uno pudiera imaginar cuando, antaño, fuera clavado a su prisión. Seres a los que soportaría durante su entera vida, utilizándolo, violándolo. Seres que en aquel momento, de una vez por todas, serían sus verdugos haciendo gala de una desinteresada crueldad, sin importar los años que, sin vergüenza alguna, lo hubieran mantenido privado de su libertad. Seres sin alma, egoístas, siniestros, despiadados hasta la médula que obraban según les parecía, desvalorizando el pasado, aletargando el futuro; destructores de mundos.

Seres a los que alguna vez hubiera llamado humanos.


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